12 Jul Derretir el hielo de la incomunicabilidad con la mediación
Pablo, cincuenta y seis años, bancario, acude a la consulta de mediación porque quiere recuperar la relación con su hijo mayor Lucas, de veinte cuatro.
Susana, su mujer lo ha dejado hace dos años y se ha ido a vivir a Alicante y Lucas, desde entonces ni le llama para felicitarle la Navidad.

Esta situación de frialdad ocasiona a Pablo un comprensible sufrimiento que se está intensificando puesto que se ha enterado de la decisión de Lucas de dejar sus estudios de económica para dedicarse a la cooperación internacional.
En mayo se irá a vivir a Nairobi: decisión que Pablo desconocía hasta cuando, descubrió la noticia por pura casualidad, de un amigo de Lucas con quien compartió un viaje en tren a Valencia.
Una ducha fría. Una sensación de fracaso. El miedo a perder su hijo definitivamente. El sentimiento de culpabilidad por no haber sabido construir una verdadera relación de confianza con Lucas. Son estos los sentimientos que acechan a Pablo y lo llevan a buscar un diálogo con su hijo.
La paz aparente
En este caso parece que no haya ninguna desavenencia. De hecho, no se trata de una disputa sobre la custodia de los hijos, la herencia, el destino de la empresa, sino de un conflicto enquistado.
Las emociones sofocadas, los pensamientos no expresados, crean una barrera de hielo que bloquea las relaciones y construye distancias destinadas a ser insuperables sin la intervención de un profesional capaz de crear un espacio idóneo al diálogo para la reconstrucción de la confianza e intimidad perdida.
La mediación crea nuevas oportunidades que se consideraban perdidas, brinda una nueva ocasión para despejar los malentendidos, las incomprensiones, las palabras no dichas que, acumuladas durante los años han distanciado padre e hijo.
Si bien no existan recetas mágicas para reconstruir las relaciones, podemos afirmar que el único método idóneo ante los conflictos basados en la incomunicabilidad de las partes es el que devuelve a estas su protagonismo y les permite ser sí mismas sin interpretar un papel.
La creatividad del mediador frente el silencio
Estamos sentados en la mesa de mediación, se respira una tensión que se puede cortar con un cuchillo. Esta es la escena de inicio de las mayorías de las mediaciones que se repite también en este caso. Un padre y un hijo que no se miran a los ojos y que no saben que decir. El mediador, con su creatividad, debe crear un clima más relajado que facilite la comunicación tanto al principio de la mediación como a lo largo de todo el proceso cuando por varias razones se pueda bloquear el dialogo.

El arte de apreciarse y apreciar al otro
Todo el mundo experimenta antes o después el fracaso, la culpabilidad, la frustración.
Son sentimientos humanos relacionados con la vida en la que a veces ganamos y a veces perdemos. La sociedad exige de un adulto que sepa asumir su responsabilidad y reconocer sus errores, ¿Y que pasa con las virtudes? Es más fácil remarcar el defecto que elogiar el valor. El mediador estimula a las partes a practicar el dialogo apreciativo, a afirmar la características positivas de uno mismo y del otro. Algo bueno habrá en Pablo que Lucas, a pesar de las distancias y las incomprensiones seguirá viendo. Así pues Pablo podrá ser más indulgente con sí mismo llegar a perdonarse y reconocer el buen padre que ha sido en muchas ocasiones a lo largo de la vida de su hijo Lucas.
La visión hacia un nuevo inicio
Para alcanzar el resultado positivo que la mediación pretende lograr, bien sea el acuerdo como la mejora de la relación interpersonal, el mediador ayudará a las partes a desapegarse del pasado, de las vivencias que han ocasionado sufrimiento y desconfianza y a proyectarse en el futuro, imaginando un nuevo capítulo de su vida mediante la conciencia de lo bueno que hay en cada uno de ellos y del coraje y la fuerza de voluntad que han demostrado accediendo a la mediación que conlleva una gran implicación emocional.
Silvia De Giorgio
Abogada y Mediadora
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